todo es mentira excepto lo que no queremos ver
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¿Por qué hay gente a la que no le importa ir chocando con los demás por la calle?
Todos los conocemos. Son personas que, ignorando las leyes básicas de la física, piensan que es posible cruzarse con otros transeúntes ocupando el mismo volumen espacial sin que se produzca colisión alguna. No realizan ningún esfuerzo por evitarla, y dejan a los reflejos de su oponente la tarea de buscar trayectorias no coincidentes, que en algunos casos pueden suponer bajar a la calzada justo cuando pasa el 64, empujar a un abuelito cojo, pisar una caca de gos o restregar la camisa blanca contra la pared del edificio adyacente. La respuesta a este curioso fenómeno es bien sencilla: todos los seres humanos poseemos una glándula, ubicada en el pie izquierdo, que es capaz de variar la orientación de nuestros pasos para evitar un obstáculo al caminar, incluso aunque el cerebro no se haya dado cuenta de su presencia. Pero hay personas que, debido a una malformación genética, no poseen esta glándula, y son precisamente los arriba descritos los sujetos afectados por dicha malformación. Se la conoce como glandulae imbecilis, o glándula de la buena educación.
¿Por qué algunos escotes veraniegos son tan absolutamente exagerados?
Esto es debido pura y llanamente a un afán de llamar la atención. Por mucho calor que haga, no se entiende la utilidad de llevar prendas que permitan a una gota de sudor nacida en la papada alcanzar el ombligo sin ser interceptada por ningún trozo de tela. Esto no es necesario mamita, es grotesco, es de mal gusto, y vas a pasar calor igual por la acción directa del sol en tu piel. Si de ponerse morena se trata, a la playa patos y allí enseñas lo que quieras. Pero si coincidimos en el vagón de metro, donde por cierto no hay sol y hace un frío de la ostia, no metas tus sudorosas tetas debajo de mis narices porque me ofuscan. No hace falta, de verdad. Y si quieres poner cachondo al personal, recuerda, menos es más.
¿Por qué los taxistas no respetan las normas de tráfico?
Da igual, no intentemos entenderlo. Alguien que es capaz de escuchar la cadena cope durante 10 horas seguidas no merece odio, sino compasión. Sus cerebros están devastados y les resulta imposible alcanzar un mínimo nivel de coordinación psicomotriz. Si un taxi se cruza en vuestro carril de forma imprevista no le pitéis, saludadle con la mano para que vuestro cariño le ayude a esforzarse un poco más en la próxima intersección. Si un taxista os hace bajar del coche a mitad de trayecto con cualquier excusa derivada del tema de vuestra educada conversación, no os alteréis, insistid en pagarle el importe acumulado y recordadle que jesús es el camino. Si un taxista os regala folletos de su secta, agradecedlo sinceramente y deseadle un feliz viaje de vuelta al manicomio. Los taxistas nos necesitan, hagamos un esfuerzo por ellos. ¿Acaso no hay veces que cuando aparece uno, lo besaríamos? ¿Qué mejor signo de la existencia de un ser superior? La cope lo anunció primero.
El capitán fonzollo vive en un barrio que es como todos los barrios, con la única peculiaridad de que en este vive él. El capitán interactúa con las personas que comparten su parada de metro, buscando igual que ellos ese calorcito que les haga sentir que están en un pueblo, cuando no lo están. Para eso están los pueblos. Esto me hace recordar la cantidad de pueblos abandonados que hay en este país, pero eso es otra historia.
Desde el antiguo mercado distintos gremios de comerciantes jalonan el camino hasta casa. Cuando llega el verano, el capitán gusta de entrar en la frutería de la esquina porque el género es mejor que en el súper, aunque la dependienta no le tira ni media onda. ¡Qué exasperantes son los vendedores que no se implican!. "¿Por qué es usted tan fría, señora, si me encantan sus melones?". Después viene el colmadito de Rajib. Parece que sus planes de emigrar a la patria de la libertad duradera peligran igual que el títere yanqui que gobierna su país, pero mejor no pregunto porque sé que le duele y yo a Rajib desde la distancia ideológica le tengo aprecio. También me he quitado el pin de la estrella roja, porque noté que ya no me ayudaba a meter las cosas en la bolsa.
La ronda de recados no está completa sin una visita a la ferretería. El local es de aquellos antiguos con grandes cajoneras de madera cubriendo la pared. Sus dos dependientes, que se me antojan hermanos, son ese tipo de señores maduros, educados hasta rozar la cursilería, que siempre te llaman de usted y dicen "servidor" cuando devuelven el cambio. No importa que uno les haya tuteado durante años, ignorando el ancla que les mantiene en su burbuja de otra década: ellos siempre sonreirán si el cliente sonríe, o se mostrarán contrariados cuando no tengan la tuerca que necesitas. Con gran diferencia, son los favoritos del capitán. Hay un pescatero gay que parece majo pero del que, debido a la muy carnívora dieta fonzollista, faltan referencias.
Justo antes de subir a casa, el capitán hace un último recado, el más inútil y a la vez más importante: echar la primitiva. La lotera es una cincuentona con cara de alcachofa de esas que lucen una mueca que no es sonrisa ni tampoco lo contrario. Cuando le pagas no te da las gracias, te dice "valeeee", que es lo que yo decía de niño cuando me daba vergüenza decir "gracias". Se tiñe con tinte barato, y por supuesto jamás me tocan ni los reintegros. Intuyo un marido vago tumbado el fin de semana viendo fútbol. ¿Qué intuirá ella del capitán? Porque el barrio es inmutable pero yo me siento un poco distinto cada día.
Como gran fanático del bicing, después de un tiempo razonable como usuario se pone uno a buscarle los defectillos a este servicio por lo demás tan necesario y bien pensado. La conclusión es que su mayor defecto es el incivismo de los transeúntes, taxistas y demás fauna salvaje que puebla la ciudad de barcelona. Bajar la rambla cada día a la una de la tarde se está convirtiendo en un ejercicio de riesgo que amenaza seriamente mi integridad física, y escribo esto a modo de profecía, para que cuando me tengan que ir a ver al hospital poder decir aquello de "si ya lo sabía yo...". Como ejemplo, describiré aquí un trayecto típico: en el semáforo de plaza catalunya esquivas a un millón de turistas que cruzan contigo, te escurres por la entrada de la rambla y te lanzas cuesta abajo con una falsa sensación de seguridad, porque a la altura de la calle tallers ya vas con el timbre entre los dientes ante la marabunta que cruza sin mirar (una bici con el timbre roto es riesgo 10). Enseguida la puerta del champion, donde hay guiris con bolsas en medio de la calzada y por primera vez sientes ganas de sacar la pierna. Algo más abajo, en la calle del carmen, un semáforo traicionero y una esquina muy estrecha conjuran de nuevo contra ti: esquivas al abuelo que sale sin mirar pero al hacerlo casi se te lleva puesto una moto que venía a tu lado... blasfemias ostensiblemente, en voz alta y clara. El siguiente obstáculo es el 91 saliendo de su parada, cruzándose para ocupar el otro carril, y empieza el slalom entre los taxis que se empeñan en moverse despacito todo el tiempo, aunque el semáforo esté en rojo. Golpeas un retrovisor con la rodilla, respondes al insulto. En la boquería da igual el color del semáforo, los guiris van a cruzar sí o sí, y cuando derrapas para frenar justo en su cara y cagarte en sus muertos, te miran con expresión de "¿what's the problem?", "pues tu puta madre, hombre". Al girar a la derecha en la calle hospital piensas que lo peor ya ha pasado, pero en realidad acabas de entrar en la parte más peligrosa del recorrido: es como un encierro de san fermín en el que todos los toros se giran a por ti cuando pasas: moritos con carromato, camiones de reparto, abuelas con bastón, otras bicis en contradirección (y encima me tocas el timbre, ¡por favor!), repartidores de butano... No cal mirar al cruzar, pa qué. Aquí ya sólo la proximidad del hogar me impide liarme a codazos con el personal, y estoicamente me resigno hasta la rambla del raval a paso de burra detrás de esa furgoneta que parece que para, no para, para, no para, para... En la rambla hay un coche de la guardia urbana, con los agentes apoyados fuera tomando el sol (genio y figura). Sant antoni abad, colapso total, con un pie en el pedal y otro en la acera adelantando incontables vehículos y plantándome en els tres tombs oliendo a victoria. Otro par de semáforos y ya está aquí, mi casa, mi comida, mi gato... Antes, el trámite de dejar la bici en la parada: llegas, te acercas al único espacio libre (hoy es mi día de suerte) y... ¡mierda!
Rajib es el encargado del colmadito que hay debajo de casa, el típico colmado de horarios imposibles. Siempre me saluda con gran efusividad, pero esto la verdad es que lo hace con todo el mundo. No obstante, Rajib me tiene visto desde hace varios años y siempre intenta que yo me sienta a gusto en su pequeño Spar. A veces lo intenta demasiado, lanzándome toda clase de preguntas justo después de que yo entre escopeteado a por un cartón de leche. Desde el fondo de la tienda sus palabras me persiguen: "¿cómo está amigo? ¿cuándo hace fiesta? ¿cómo está chica guapa?"
Nunca me ha preguntado el nombre y yo la verdad es que no me arranco a decírselo, así que me llama "amigo". Lo de la fiesta es por algún reenganche dominguero en el que entré a por cerveza y me cayó el san benito. Y lo de la chica... bueno, para él cualquier mujer que esté a menos de un metro de mí se convierte automáticamente en mi acompañante. Debe ser una costumbre árabe. Una vez, estando yo de charleta con mi peluquera mientras esperábamos los dos para pagar, Rajib puso cara de extrañado, y al día siguiente me dijo: "chica guapa ayer un poco mayor, ¿no?"
Al lado de la caja, Rajib tiene dos pequeños televisores: uno con la pantalla partida en cuatro en el que vigila a los posibles manguis de la tienda, y otro mostrando continuamente un conocido canal árabe de noticias. Muy al principio de convertirme en cliente, estaba un día haciendo cola cuando en su mini-tele pusieron imágenes en directo del típico atentado en Bagdad. Por supuesto el espectáculo era dantesco. Rajib cobraba a la persona que yo tenía delante, pero sin quitar ojo a la pantalla y murmurando algo en su idioma mientras meneaba la cabeza de un lado a otro. Yo, incauto, le hice un comentario cuando me tocó el turno de pagar:
- Vaya desastre. Hubiera sido mejor que los yanquis se quedaran en su casa
Rajib me fulminó con la mirada.
- No, no, no, no, tú no entiende, americano bueno, americano necesario ir a oriente porque árabe no sabe estar en paz
- Eso que sale ahí no es muy pacífico que digamos -se me ocurrió rebatirle-
- No entiende, no entiende, mundo mejor así con americano, yanqui bueno, árabe loco, yo apoya americano
- Que no hombre, que son unos entrometidos de mierda...
- ¡Rajib quiere un día vivir en América! Mucho trabajo día y noche, no guerras en casa de americano
Me di cuenta de que lo mío, como lo de los putos yanquis, era una batalla perdida. Pagué y me fui preguntándome de dónde habría salido este morito despistado.

majísimas oye, daban ganas de llevárselas de after
la niña debía tener unos 3 años. era rubita, con cara de mala, ojos de mala y sonrisa de mala. su madre le vigilaba sentada en uno de los asientos azules, agarrando el carrito con una mano y frotándose los ojos con la otra. estaba cansada, pero su niña no le daba tregua. el metro arrancó, y con el primer impulso la niña se tambaleó hacia atrás, titubeó, y luego apoyó su pierna también hacia atrás, recuperando el equilibrio mientras con las manos agarraba la barra metálica que tenía delante y que subía desde el suelo hasta el techo del vagón. la cara de susto le duró sólo unas décimas de segundo, porque enseguida se le dibujó una gran sonrisa y me miró de reojo, con expresión triunfante, como diciendo: "¿has visto? todo controlado"
llegó una curva cerrada a la derecha, y se repitió la escena, con distintos ángulos e inclinaciones. esta vez la madre, que seguía un poco ausente, se asustó e intentó agarrarla en mitad del proceso, pero para entonces la niña ya estaba de nuevo vertical, por sus propios medios. otra vez mirada de granuja. otra vez la misma sonrisa
con la confianza en sí misma renovada, soltó entonces las manos de la barra y se giró a un lado, hacia mi, riendo ahora descaradamente, con las manos en las mejillas. los ojos le brillaban y a buen seguro se sentía la reina del tren. yo le hacía caras raras y ella se reía aún más. en eso estábamos cuando de repente llegó el frenazo previo a cualquier próxima parada. totalmente desprevenida, y con el cuerpo mirando en la dirección equivocada, la niña se balanceó de golpe hacia adelante, cayendo sobre su costado derecho, y sólo el contacto de su cabeza con la barra impidió la caída. "clonc". el retroceso la dejó de nuevo en pie, y aún aturdida, alcanzó a extender los brazos y agarrar con ambas manos la barra metálica ambivalente, que hace un momento le golpeaba y ahora de nuevo le salvaba. la madre, alertada por el golpe hueco y sonoro, la miró y le soltó alguna recriminación resignada que no tuvo efecto ninguno
la niña se llevó una mano a la frente y luego se miró la palma. entonces dudó un instante, y rápidamente giró de nuevo la mirada hacia mí, soltando una risotada y enseñándome esta vez todos sus dientes blancos y desalineados