S I N S E N T I D O S S I N C R I T E R I O

todo es mentira excepto lo que no queremos ver

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miércoles, septiembre 17, 2008

la maté porque era mía

Descubro en la prensa la iniciativa de un colectivo de jóvenes profesionales con residencia en barcelona, consistente en la publicación y difusión simultánea de un libro (habrá que ver dónde) y un vídeo (en youtube) bajo el título de "odio barcelona". A mí, que llevo odiando barcelona desde hace ya algún tiempo, se me ha revuelto un poco la conciencia al ver tanta explicitud sobre un tema que me produce confusión y contradicción. Casi que me he cabreado un poco y todo, al ver vapuleada de un modo tan violento la ciudad en la que vivo desde que el siglo es siglo. Un poco como cuando alguien se mete con tu hermana (es un decir) y tú comienzas a echar espuma por la boca al grito de "¡¡a esa zorra sólo la insulto yo..!!". Algunos dirán que es un signo inequívoco de que la quiero (a mi hermana no, a barcelona), lo cual es probable: todo el mundo sabe que amar y odiar no son excluyentes, sino complementarios. Es cierto que la ciudad se ha prostituído al turismo y que cada vez da más pena salir, que los precios son pornográficos y que todo lo bueno está prohibido, pero seamos realistas: cuando se mantiene a un mismo partido en el gobierno durante treinta años no se puede esperar otra cosa. Yo prefiero, hoy, interrumpir un poco este cansancio camuflado de odio, y acordarme de aquel niño alucinado que descubría el mercat de sant antoni de la mano de su padre un domingo de privamera, con los carromatos roñosos y la humedad del papel viejo abrumando sus sentidos. Al fin y al cabo, eso es lo que me viene a la mente cuando paseo bajo el toldo verde y los viejos arcos de metal, cada día, aquí al lado, en mi barrio.



viernes, agosto 15, 2008

FAQ - consultorio cívico


¿Por qué hay gente a la que no le importa ir chocando con los demás por la calle?

Todos los conocemos. Son personas que, ignorando las leyes básicas de la física, piensan que es posible cruzarse con otros transeúntes ocupando el mismo volumen espacial sin que se produzca colisión alguna. No realizan ningún esfuerzo por evitarla, y dejan a los reflejos de su oponente la tarea de buscar trayectorias no coincidentes, que en algunos casos pueden suponer bajar a la calzada justo cuando pasa el 64, empujar a un abuelito cojo, pisar una caca de gos o restregar la camisa blanca contra la pared del edificio adyacente. La respuesta a este curioso fenómeno es bien sencilla: todos los seres humanos poseemos una glándula, ubicada en el pie izquierdo, que es capaz de variar la orientación de nuestros pasos para evitar un obstáculo al caminar, incluso aunque el cerebro no se haya dado cuenta de su presencia. Pero hay personas que, debido a una malformación genética, no poseen esta glándula, y son precisamente los arriba descritos los sujetos afectados por dicha malformación. Se la conoce como glandulae imbecilis, o glándula de la buena educación.


¿Por qué algunos escotes veraniegos son tan absolutamente exagerados?

Esto es debido pura y llanamente a un afán de llamar la atención. Por mucho calor que haga, no se entiende la utilidad de llevar prendas que permitan a una gota de sudor nacida en la papada alcanzar el ombligo sin ser interceptada por ningún trozo de tela. Esto no es necesario mamita, es grotesco, es de mal gusto, y vas a pasar calor igual por la acción directa del sol en tu piel. Si de ponerse morena se trata, a la playa patos y allí enseñas lo que quieras. Pero si coincidimos en el vagón de metro, donde por cierto no hay sol y hace un frío de la ostia, no metas tus sudorosas tetas debajo de mis narices porque me ofuscan. No hace falta, de verdad. Y si quieres poner cachondo al personal, recuerda, menos es más.


¿Por qué los taxistas no respetan las normas de tráfico?

Da igual, no intentemos entenderlo. Alguien que es capaz de escuchar la cadena cope durante 10 horas seguidas no merece odio, sino compasión. Sus cerebros están devastados y les resulta imposible alcanzar un mínimo nivel de coordinación psicomotriz. Si un taxi se cruza en vuestro carril de forma imprevista no le pitéis, saludadle con la mano para que vuestro cariño le ayude a esforzarse un poco más en la próxima intersección. Si un taxista os hace bajar del coche a mitad de trayecto con cualquier excusa derivada del tema de vuestra educada conversación, no os alteréis, insistid en pagarle el importe acumulado y recordadle que jesús es el camino. Si un taxista os regala folletos de su secta, agradecedlo sinceramente y deseadle un feliz viaje de vuelta al manicomio. Los taxistas nos necesitan, hagamos un esfuerzo por ellos. ¿Acaso no hay veces que cuando aparece uno, lo besaríamos? ¿Qué mejor signo de la existencia de un ser superior? La cope lo anunció primero.


martes, julio 01, 2008

armaggedon

Se sabe que no es un día normal cuando el sol aparece antes de hora por el sitio equivocado. A las siete de la mañana la temperatura es infernal, y la ciudad se despierta asfixiada en la ignorancia de lo que se avecina. Mientras la luz va ganando en intensidad, comienzan a combustionar espontáneamente los carteles de se vende piso, a prender fuego los contenedores, y las cacas de perro derretidas forman putrefactos riachuelos que corren paseo de gracia abajo. A media mañana, el cielo está cambiando de color cada pocos minutos. Las palomas caen muertas en pleno vuelo, inundando las fuentes de plumas negruzcas. Atruena el sonido de la cope por las esquinas del eixample, al dispararse de manera incontrolable el volumen de las radios en los taxis. A los taxistas se les funde el cerebro y comienzan a conducir bien, ante el estupor de la ciudadanía. Al alcanzar los cincuenta grados el desconcierto es ya total. Los animales han escapado del zoo y arrasan la ciutat vella, atacando a los turistas que se cruzan en su camino. Las ambulancias atropellan a los peatones, por intentar llegar demasiado rápido a los avisos de infarto. Las abuelitas observan aterrorizadas desde sus ventanas, santiguándose y mirando al cielo, mientras éste les niega sus plegarias degradándose lentamente del rojo apocalíptico al negro abismal. Es mediodía. Corren rumores de que la clase política ha perecido intentando escapar por las alcantarillas, devorada por cucarachas del tamaño de elefantes. El calor está fundiendo ahora los cristales de los edificios. El líquido ardiente cae a chorretones sobre las personas que corren desconcertadas por las calles, en una macabra alegoría medieval. Las peores horas de la tarde aguardan, ya sólo los tontos tienen esperanzas de sobrevivir. El mar ha comenzado a hervir y se funden los cimientos de la barceloneta. Cientos de edificios comienzan a derrumbarse. A los guardias urbanos les estalla la cabeza cuando intentan multar a los conductores que no respetan los límites de velocidad por huír del asfalto que se derrite a su paso. La piedra de las construcciones más emblemáticas se está deformando hasta adoptar nuevas e inquietantes formas. La catedral parece una lanza, la sagrada familia un tridente, el camp nou un caldero ardiente. En pedralbes, los jardines se han teñido de rojo por la hierba quemada y la sangre de los insectos achicharrados. En los bloques de oficinas los termostatos de aire acondicionado, previamente programados, intentan compensar el aumento de la temperatura con chorros de aire aún más gélidos si cabe. Los oficinistas mueren congelados en bloques de hielo grisáceos, para inmediatamente derretirse por el efecto ya imparable del calor sobre las estructuras de aluminio. A las ocho en punto de la tarde comienza a amainar el fragor infernal. La estación de sants luce enormes socavones en gran parte de su estructura. Justo en ese momento hace su entrada en la vía nueve el ave procedente de madrid, dos minutos sobre el horario previsto. Los pasajeros se dirigen raudos a las ventanillas para reclamar su devolución, pero sólo encuentran el anuncio de huelga del personal de renfe, en carteles deformados con las esquinas chamuscadas.

miércoles, junio 18, 2008

barrio

El capitán fonzollo vive en un barrio que es como todos los barrios, con la única peculiaridad de que en este vive él. El capitán interactúa con las personas que comparten su parada de metro, buscando igual que ellos ese calorcito que les haga sentir que están en un pueblo, cuando no lo están. Para eso están los pueblos. Esto me hace recordar la cantidad de pueblos abandonados que hay en este país, pero eso es otra historia.

Desde el antiguo mercado distintos gremios de comerciantes jalonan el camino hasta casa. Cuando llega el verano, el capitán gusta de entrar en la frutería de la esquina porque el género es mejor que en el súper, aunque la dependienta no le tira ni media onda. ¡Qué exasperantes son los vendedores que no se implican!. "¿Por qué es usted tan fría, señora, si me encantan sus melones?". Después viene el colmadito de Rajib. Parece que sus planes de emigrar a la patria de la libertad duradera peligran igual que el títere yanqui que gobierna su país, pero mejor no pregunto porque sé que le duele y yo a Rajib desde la distancia ideológica le tengo aprecio. También me he quitado el pin de la estrella roja, porque noté que ya no me ayudaba a meter las cosas en la bolsa.

La ronda de recados no está completa sin una visita a la ferretería. El local es de aquellos antiguos con grandes cajoneras de madera cubriendo la pared. Sus dos dependientes, que se me antojan hermanos, son ese tipo de señores maduros, educados hasta rozar la cursilería, que siempre te llaman de usted y dicen "servidor" cuando devuelven el cambio. No importa que uno les haya tuteado durante años, ignorando el ancla que les mantiene en su burbuja de otra década: ellos siempre sonreirán si el cliente sonríe, o se mostrarán contrariados cuando no tengan la tuerca que necesitas. Con gran diferencia, son los favoritos del capitán. Hay un pescatero gay que parece majo pero del que, debido a la muy carnívora dieta fonzollista, faltan referencias.

Justo antes de subir a casa, el capitán hace un último recado, el más inútil y a la vez más importante: echar la primitiva. La lotera es una cincuentona con cara de alcachofa de esas que lucen una mueca que no es sonrisa ni tampoco lo contrario. Cuando le pagas no te da las gracias, te dice "valeeee", que es lo que yo decía de niño cuando me daba vergüenza decir "gracias". Se tiñe con tinte barato, y por supuesto jamás me tocan ni los reintegros. Intuyo un marido vago tumbado el fin de semana viendo fútbol. ¿Qué intuirá ella del capitán? Porque el barrio es inmutable pero yo me siento un poco distinto cada día.


lunes, junio 16, 2008

happy mondays

"Recalculando tiempo estimado". La puta pantallita llevaba un siglo recalculando el tiempo estimado, tanto que parecía haber sobrepasado su vida útil. Miró por encima del hombro, pero ni rastro del segurata. Para el que no se entera, el amigo musicófilo del capitán fonzollo, el lunes había empezado de la peor forma posible. De hecho venía torciéndose desde el momento en que había abierto los ojos. Sin desayunar por desabastecimiento absoluto del frigorífico, y con unos calcetines usados de varios días, le dolía la cabeza y el metro no llegaba nunca. De repente un ruido, por fin.

Entró al vagón, ocupó de pie el poco espacio libre, y notó el gélido chorro de aire acondicionado sobre su cabeza. ¿Por qué tenía que pasar frío en verano? La gente no entiende, la gente está loca. Aquello empezó a moverse. Al principio, el que no se entera adoraba los nuevos vagones: modernos, silenciosos, con su cabina transparente y sus cientos de lucecitas, pero ahora los odiaba por esa maldita luz fluorescente que torturaba sus ojos legañosos por las mañanas. El era un hombre-vampiro, un animal de penumbra. La vieja de al lado no paraba de darle golpecitos con el bolso, y los músculos del cuello se le tensaban por momentos. El trayecto hasta la estación central se hizo eterno. Al llegar, se adelantó dispuesto a salir el primero. Apertura. Al otro lado, un muro infranqueable de cuerpos ocupaba todo el ancho de la puerta. Sobre ellos, cabezas de pasmarote mirándole inmóviles. Pensó: "¿Qué queréis, que salga volando?". Los había jóvenes, viejos, blancas y negros. La mala educación no entiende de sexo, de edad ni de inmigración. Después de un momento de tensa espera, el que no se entera dio un pasó decidido al frente intentando hacerse lo más ancho posible, y pegó un buen empujón al menos a cuatro de los que le impedían el paso. El más bajito casi rueda por el suelo. Escuchó una serie de "¡eehhhhs!" y "¡halaaaaas!" tras de sí, y por primera vez aquella mañana perdió los nervios: "¿Y POR DONDE OSTIAS QUEREIS QUE SALGA, PANDILLA DE GILIPOLLAS?". Silencio.

El que no se entera dio media vuelta y echó a correr, porque renfe cuando llega a tiempo nunca espera. En la escalera mecánica, dos universitarias con claros signos de obesidad hablaban animadamente una al lado de la otra, ocupando todo el espacio con sus enormes culos. Decidió que esa mañana se iba a inflar a dar empujones... Al llegar arriba, giró apresuradamente la esquina y casi se cae al tropezar con un perro bastante fiero que empezó a ladrar dentro de su bozal. Al otro lado de la cuerda había un empleado de la compañía de transporte, fatídica maquinita en ristre. Intentó ignorarlo pero era demasiado tarde. "¿Me permites el billete?". Las gordinflonas no pudieron evitar una sonrisita asquerosa cuando pasaron a su lado y le vieron la cara.

miércoles, mayo 14, 2008

suicidio en barcelona

Como gran fanático del bicing, después de un tiempo razonable como usuario se pone uno a buscarle los defectillos a este servicio por lo demás tan necesario y bien pensado. La conclusión es que su mayor defecto es el incivismo de los transeúntes, taxistas y demás fauna salvaje que puebla la ciudad de barcelona. Bajar la rambla cada día a la una de la tarde se está convirtiendo en un ejercicio de riesgo que amenaza seriamente mi integridad física, y escribo esto a modo de profecía, para que cuando me tengan que ir a ver al hospital poder decir aquello de "si ya lo sabía yo...". Como ejemplo, describiré aquí un trayecto típico: en el semáforo de plaza catalunya esquivas a un millón de turistas que cruzan contigo, te escurres por la entrada de la rambla y te lanzas cuesta abajo con una falsa sensación de seguridad, porque a la altura de la calle tallers ya vas con el timbre entre los dientes ante la marabunta que cruza sin mirar (una bici con el timbre roto es riesgo 10). Enseguida la puerta del champion, donde hay guiris con bolsas en medio de la calzada y por primera vez sientes ganas de sacar la pierna. Algo más abajo, en la calle del carmen, un semáforo traicionero y una esquina muy estrecha conjuran de nuevo contra ti: esquivas al abuelo que sale sin mirar pero al hacerlo casi se te lleva puesto una moto que venía a tu lado... blasfemias ostensiblemente, en voz alta y clara. El siguiente obstáculo es el 91 saliendo de su parada, cruzándose para ocupar el otro carril, y empieza el slalom entre los taxis que se empeñan en moverse despacito todo el tiempo, aunque el semáforo esté en rojo. Golpeas un retrovisor con la rodilla, respondes al insulto. En la boquería da igual el color del semáforo, los guiris van a cruzar sí o sí, y cuando derrapas para frenar justo en su cara y cagarte en sus muertos, te miran con expresión de "¿what's the problem?", "pues tu puta madre, hombre". Al girar a la derecha en la calle hospital piensas que lo peor ya ha pasado, pero en realidad acabas de entrar en la parte más peligrosa del recorrido: es como un encierro de san fermín en el que todos los toros se giran a por ti cuando pasas: moritos con carromato, camiones de reparto, abuelas con bastón, otras bicis en contradirección (y encima me tocas el timbre, ¡por favor!), repartidores de butano... No cal mirar al cruzar, pa qué. Aquí ya sólo la proximidad del hogar me impide liarme a codazos con el personal, y estoicamente me resigno hasta la rambla del raval a paso de burra detrás de esa furgoneta que parece que para, no para, para, no para, para... En la rambla hay un coche de la guardia urbana, con los agentes apoyados fuera tomando el sol (genio y figura). Sant antoni abad, colapso total, con un pie en el pedal y otro en la acera adelantando incontables vehículos y plantándome en els tres tombs oliendo a victoria. Otro par de semáforos y ya está aquí, mi casa, mi comida, mi gato... Antes, el trámite de dejar la bici en la parada: llegas, te acercas al único espacio libre (hoy es mi día de suerte) y... ¡mierda!