todo es mentira excepto lo que no queremos ver
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La calle estaba repleta de gente, pero el capitán fonzollo se dio cuenta de que la chica lo había elegido a él. Armada de peto, gorra, pin, portafolios y bolígrafo, y con las piernas firmemente clavadas en el suelo, lo había fijado en su mirada, atenta a cualquier variación de su trayectoria. El capitán no tenía especial prisa, pero no gustaba de este tipo de abordajes sobre todo cuando se producían a pleno sol de verano. Bajó la cabeza e intentó el regate, pero con el rabillo del ojo vio cómo ella, implacable, variaba su ángulo de ataque para no dejarlo pasar. De niño, en el colegio, el capitán nunca destacó por sus dotes futbolísticas. Después de dos o tres cambios de dirección bastante torpes fue interceptado por la encuestadora, visiblemente decidida a conseguir su comisión.
-Perdona, ¿tienes tiempo para unas preguntas?
Silencio. Cabeza gacha.
-Perdona, sólo será un momento. ¿Tú crees en el más allá?
-¿Cóooomo?
-¿Has oído hablar de la iglesia del día final?
-¡Por favor!- clamó el capitán al tiempo que alzaba la mirada al cielo
-¿Qué pasa?- dijo ella con sonrisa fingida
-Pensaba que me ibas a preguntar algo serio...
-¿Te parece poco importante lo que ocurrirá cuando ya no estemos aquí?
-¿Tú qué crees, chata?
-¿De verdad no te importa?
-Se me ocurren millones de preguntas más importantes que esa
-Bueno, pues dímelas
-¿Adonde van las miradas perdidas?
-¿Perdón...?
-¿Los abrazos, son de corriente contínua o alterna?
-...
-¿Cuál fue la última conversación que tuviste con tu abuelo antes de morir? ¿Por qué tardan en llegar las cosas eternas? ¿Cuántas medias naranjas hay en el mundo? ¿Son simétricas las caricias? ¿Qué pasó en mi primer sueño? ¿Dónde nace un bostezo? ¿Cuántas lágrimas ahogan una flor?
El capitán alzaba un poco la voz con cada pregunta. Ella se acercaba cada vez más para escuchar sus palabras, atónita. La distancia entre sus caras era ahora de unos pocos centímetros, y se percibía con gran intensidad el sudor de la chica emanando bajo su camiseta verde. Era demasiado. De forma totalmente previsible, el capitán explotó.
-Oye niña impertinente, tanto que hablas del más allá, ¿por qué coño estás cada vez más aquí..?
-Mira, yo sólo estoy haciendo mi trabajo-, dijo ella intentando recomponerse
-Pues yo acabo de dejar el mío y créeme, te lo recomiendo...
Ayer, miércoles, descubrí una cosa: que no odio los martes. Después de tantas veces en las que el martes ha sido una sucesión de gruñidos e ideas destructivas, resulta que lo que odio es "el segundo día de la vuelta al trabajo", honor dudoso que normalmente corresponde al martes pero que esta semana, por obra y gracia de mis vacaciones, ha caído en miércoles. Y puedo asegurar que tenía la misma tristeza cincelada en el ánimo, la misma negrura de miras, y las mismas ganas de llorar que cualquier otro miércoles, perdón, martes. Curioso, lo del segundo día, me suena familiar. ¿Qué tienen los segundos días? ¿A que se debe su horrible aura de fatalidad y dolor? La verdad, no conozco ninguna explicación al hecho de que todo empeore temporalmente al cabo de dos días... ¿dos días de qué? Ya no me valen los excesos del fin de semana como explicación, porque ultimamente soy un santo y ni por esas. Tampoco los cambios de tiempo, porque en esta ciudad no hay otra cosa (hmmmm, ¿será eso?). Lo dudo. Joder, es que no tengo motivos. Serán los prejuicios, seguramente. Son cómodos los prejuicios, siempre a mano para explicar algo que no queremos explicar, para evitar hacernos preguntas. Son muy cómodos los putos prejuicios, porque me regalan la excusa para poder tener "un mal día" una vez a la semana, y al que le pille cerca que se joda. Pues no. Va a haber que rascar un poquito, aunque pique, porque pica, y buscar las razones de ese poso recurrente de inquietud. Mierda, ya me he complicado un poco la vida yo solito. Maldito miércoles.
Demasiado apático para emitir un quejido. La mirada somnolienta apuntando muy a través de la pantalla, a un lugar tan lejano que está más allá del futuro, y en el que por tanto no hay nada. Así, lleno de nada, cuento los minutos como quien cuenta tonos de gris en el lúgubre cielo. Los únicos ruidos provienen de máquinas, y la ausencia de palabras es una losa que me aplasta el cerebro impidiéndome pensar. Hay nuevas corrientes pero viejas rutinas. Las jóvenes pescadillas pierden el ímpetu, cansadas de nadar engañadas hacia un remolino donde la única opción es hincar los dientes en su propia cola. Cada vez hay menos papeles en la mesa. No me interesa apuntar nada porque las pocas palabras que necesito caben en un suspiro. Pero aquí nadie suspira. Aquí la gente susurra en el auricular, separados por escasos metros, intentando averiguar por dónde vendrá el próximo movimiento, como viejos de un pueblo remoto sentados junto a la carretera. Aquí la gente se congrega alrededor de un teléfono para escuchar a uno a quien no le importan las cosas importantes. Aquí las ventanas no se abren, y el puto chorro de aire acondicionado perfora el ambiente con su soplido paralizador. Hace frío en el infierno. Hace un frío de cojones en el edificio inteligente. Pero no hay que desesperar, porque somos afortunados. Cuanto más inteligente es el edificio, más tontos son los afortunados que renuncian al calor, a los suspiros, al futuro y a las ventanas abiertas.
Cuando entró por última vez en el pequeño cuarto de estar sintió que se le retorcía la boca del estómago. El suelo estaba vacío, con distintas tonalidades allí donde habían estado los escasos muebles, y sus pasos resonaban ahora con el eco triste de los lugares que justo pierden la vida. Un viejo cuadro con el marco raído y una foto suya de hacía algunos años era el único objeto que había decidido no arrojar a la basura. Tampoco lo llevaría consigo. Por alguna extraña razón ese cuadro lo quiso dejar ahí, en la pared que daba al pasillo, con su retrato en blanco y negro mirando de reojo hacia la puerta. El que no se entera, el amigo musicófilo del capitán fonzollo, respiró entrecortadamente y unos lagrimones enormes comenzaron a resbalarle por las mejillas, cayendo al suelo delante de sus pies. Hacía mucho calor, pero él sólo notaba el escalofrío de los recuerdos escapándose por la ventana. Se acercó al balcón y observó el patio que tantas veces le había proporcionado entretenimiento, con sus docenas de terrazas, tendedores y persianas. Pensó en cómo los otros vecinos, desde todas esas ventanas, habrían visto su casa. ¿Qué aspecto tendría por fuera? ¿Se vería tan destartalada como las demás? Probablemente sí. Nada que ver, pensó, con lo apañada que él la había dejado por dentro a lo largo de estos años. "Las apariencias engañan". Le resultaba curiosa, en el momento de la despedida, la irónica simetría entre lo que había sido su hogar y el desbarajuste que inundaba su cabeza. "Las apariencias engañan", volvió a repetir para sus adentros, dando media vuelta y cruzando la casa en unos pocos pasos. Salió cerrando la puerta tras de sí, casi sin desviar la mirada.
Se sabe que no es un día normal cuando el sol aparece antes de hora por el sitio equivocado. A las siete de la mañana la temperatura es infernal, y la ciudad se despierta asfixiada en la ignorancia de lo que se avecina. Mientras la luz va ganando en intensidad, comienzan a combustionar espontáneamente los carteles de se vende piso, a prender fuego los contenedores, y las cacas de perro derretidas forman putrefactos riachuelos que corren paseo de gracia abajo. A media mañana, el cielo está cambiando de color cada pocos minutos. Las palomas caen muertas en pleno vuelo, inundando las fuentes de plumas negruzcas. Atruena el sonido de la cope por las esquinas del eixample, al dispararse de manera incontrolable el volumen de las radios en los taxis. A los taxistas se les funde el cerebro y comienzan a conducir bien, ante el estupor de la ciudadanía. Al alcanzar los cincuenta grados el desconcierto es ya total. Los animales han escapado del zoo y arrasan la ciutat vella, atacando a los turistas que se cruzan en su camino. Las ambulancias atropellan a los peatones, por intentar llegar demasiado rápido a los avisos de infarto. Las abuelitas observan aterrorizadas desde sus ventanas, santiguándose y mirando al cielo, mientras éste les niega sus plegarias degradándose lentamente del rojo apocalíptico al negro abismal. Es mediodía. Corren rumores de que la clase política ha perecido intentando escapar por las alcantarillas, devorada por cucarachas del tamaño de elefantes. El calor está fundiendo ahora los cristales de los edificios. El líquido ardiente cae a chorretones sobre las personas que corren desconcertadas por las calles, en una macabra alegoría medieval. Las peores horas de la tarde aguardan, ya sólo los tontos tienen esperanzas de sobrevivir. El mar ha comenzado a hervir y se funden los cimientos de la barceloneta. Cientos de edificios comienzan a derrumbarse. A los guardias urbanos les estalla la cabeza cuando intentan multar a los conductores que no respetan los límites de velocidad por huír del asfalto que se derrite a su paso. La piedra de las construcciones más emblemáticas se está deformando hasta adoptar nuevas e inquietantes formas. La catedral parece una lanza, la sagrada familia un tridente, el camp nou un caldero ardiente. En pedralbes, los jardines se han teñido de rojo por la hierba quemada y la sangre de los insectos achicharrados. En los bloques de oficinas los termostatos de aire acondicionado, previamente programados, intentan compensar el aumento de la temperatura con chorros de aire aún más gélidos si cabe. Los oficinistas mueren congelados en bloques de hielo grisáceos, para inmediatamente derretirse por el efecto ya imparable del calor sobre las estructuras de aluminio. A las ocho en punto de la tarde comienza a amainar el fragor infernal. La estación de sants luce enormes socavones en gran parte de su estructura. Justo en ese momento hace su entrada en la vía nueve el ave procedente de madrid, dos minutos sobre el horario previsto. Los pasajeros se dirigen raudos a las ventanillas para reclamar su devolución, pero sólo encuentran el anuncio de huelga del personal de renfe, en carteles deformados con las esquinas chamuscadas.
Hoy he invocado a Greta porque necesito una sacudida mental en condiciones. La muy petarda ha declinado mi petición por un conflicto de horarios con la peluquería, y he tenido que aceptar lo irrebatible de su jerarquía de prioridades. Me he conformado pues con una charla rapidita en la que se me ha olvidado contarle la mitad de los detalles de mi empanada mental. No le han hecho falta. Ella posee algún tipo de sensor en la entrepierna que le indica cuando un hombre está desorientado, alucinado, condenado, eufórico o incluso en estado de muerte cerebral. Greta no entendería el plano del metro en un millón de años, pero es una experta en laberintos y me ha dado algunos consejos prácticos: "Mira encanto, ante todo cuida mucho de tus seres queridos porque son los únicos que ya han aceptado lo tonto que puedes llegar a ser. No comas demasiada verdura, te mata la chispa y te hace aburrido. Ni se te ocurra interpretar: la vida suele ser tan literal como aparenta, y si algo no te queda claro pon música y baila. Llama a las cosas por su nombre. Recuerda, capitán querido, que siempre has tenido muy mala cabeza pero bastante buen juicio. No ahogues tus sensaciones pero evita que prendan en tu impaciencia, que ya nos conocemos. No presupongas la buena fé de las personas, ni la tuya tampoco. No subestimes la curiosidad de un hombre. Nunca dejes de estimular la de una mujer. Y sobre todo, cariño, no me llames los martes porque estoy liadísima..."
Nada más confuso que un martes cruzado en la semana del capitán fonzollo. Hay en la confusión una parte de tristeza, que no tiene causa clara ni motivos oscuros. Tristeza es no controlar las variables que me hacen feliz. Tristeza es excusarse con estímulos sin ponerles nombre. La otra parte no se resume con una palabra, tengo que elaborar... Hay un cristal liso y transparente, puedo ver la luz al otro lado, quiero atravesarlo y atraparla con mis manos, pero si lo rompo me corto. Hay que esquivarlo, buscar la parábola. Sin más rodeos, hay que rodearlo. Luego está el sol. Hay que orbitar a su alrededor y verlo desde todos los ángulos. Hay que saber a qué corresponde cada relieve, a qué se deben los tonos variables reflejados en su volumen perfecto. Hay que ignorar lo volátil de nuestra posición relativa y atreverse a saltar con los ojos cerrados. Hace falta calor. La química de las cosas es sensible a la temperatura y a la presión. Como persona impresionable albergo una contradicción con la que no sé muy bien qué hacer. Huyo de las preguntas, pero los interrogantes se me amotinan y cuestionan mi poder de decisión. La imprecisión de mi mirada desenfoca el perfil exacto que la luz ha dibujado en el aire, delante de mi. Es el momento de actuar. Sopesar los datos sería lógico, y por tanto inútil. Es mejor el arrebato de fugarse con la evidencia. Las pruebas concluyentes suelen aparecer mucho tiempo después de emitir un juicio basado en la intuición. Hasta entonces, no hay más verdad que la que nosotros acordemos. El peligro es quedarse quieto. El movimiento es fundamental, genera inercia. La inercia es contagiosa, o difícil de detener. La inercia crea su propia verdad, la prueba misma de su existencia: si se mueve es real. Entonces, como una puerta que se abre, la realidad parpadea ante mí. Si soy rápido, puedo volar en ese breve instante y buscar un lugar dónde llevarme mis sueños. En una de esas igual no vuelvo, y entonces mi realidad se transporta a un nuevo nivel donde sólo vale lo que la piel siente allí y ahora, donde la experiencia es orientativa porque las variables han cambiado. Eso sí, los valores permanecen. Los valores son máximas que no cuestionamos para no tener que cambiar nuestra visión de lo que pasa. Hay que agarrarse a ellos e intuír lo demás, porque la experiencia por sí sola condiciona demasiado la aventura de volver a creer. Acertar es equivocarse por etapas, si llegamos primeros a la última las demás no importan. Hay algo en la inevitabilidad de toda esta historia que de algún modo me libera. La tristeza se transforma en alegría. El reloj ha entendido mi juego, ha avanzado conmigo y eso, eso claramente ayuda. Despido otro martes más. La alegría es una buena sensación, haría bien en llegar a un acuerdo permanente con ella, pero no sería yo... A veces necesito la angustia de obligarme a deducir las razones de lo que pasa en cada momento. No quiero pensar en el futuro, no puedo todavía, me gusta el sabor de los días que me rodean. Cuando el miedo se apodera de mi, sueño con deslizarme por la puerta trasera de este mundo implacable que me arrastra hacia el momento de la verdad.
últimamente las noches se entrelazan y las mañanas se confunden, y yo me monto películas, o más bien superproducciones con reparto de lujo, que luego resultan ser cutres remakes con los (mis) viejos fantasmas de siempre... cuando entra la luz por la ventana dudo por un momento dónde estoy, y cuanto mayor es la claridad menos veo lo que tengo ante mis narices... esto no es un arrepentimiento, ni mucho menos: simplemente me resulta curioso cómo hay personas a las que podría conquistar y reconquistar mil y una veces, y otras que siempre requieren una batalla de más... quizá todo viene provocado por una disfunción sensorial, una desconexión entre mis sentidos, que se engañan entre sí porque todos quieren ser el que decida: la vista se me escapa tras lo que no puedo tocar, mis labios acarician palabras no pronunciadas, los olores se diluyen en la ausencia de sabor, y claro, únicamente poniendo todos los sentidos puede uno percatarse de lo que pasa a su alrededor... no obstante esto tiene efectos beneficiosos para el organismo, como prolongar sensaciones que de otro modo durarían un instante demasiado corto, y creo que no es algo de lo que preocuparse porque no afecta a la esperanza de vida... además, el tiempo es bastante relativo cuando uno no sabe ni a dónde va... cosas de los martes, mañana nada habrá cambiado pero yo lo veré distinto
No ha tardado mucho el capitán fonzollo en darle al señor rodilla material abundante para ser crucificado. El sábado estaba invitado a dos celebraciones encantadoras pero que compartían características funestas: ser consecutivas en el tiempo, y estar abundántemente provistas de alcohol. Con estas premisas, sólo un milagro o una iluminación divina urgente podían salvar al capitán. Pero como todo el mundo sabe, dios no existe, y no pasó ninguna de las dos cosas. Ocurrió que el vinito se lo llevó de la mano hacia otra dimensión, en la que había gente que sonreía y otra que no tanto. Luego dijo "Diego" pero quería decir "Rodrigo", y empezó a trafucarse con los gestos y las palabras, y Diego y Rodrigo se hartaron de tanta torpeza e indecisión. Luego ya los recuerdos se apagan. Lo peor de todo es que, con cámaras ocultas en los baños, el guardarropía y el balconcillo del Apolo, el señor rodilla lo captó todo en cinemascope.
Pronto llegará el chantaje.
Con el tiempo, uno identifica los problemas. De confianza principalmente, por no atreverse a llamar a las cosas por su nombre. A veces claro, porque otras veces los nombres y hasta algún improperio salen con una facilidad que desconcierta al pobre interlocutor de turno. Esto suele pasar más frecuentemente en el entorno diario de subsistencia ("trabajo"). De algún modo hay que canalizar esa energía que se desperdicia en un sitio, hacia menesteres más provechosos.
El capitán fonzollo decidió que al día siguiente le haría una visita al vecino, porque necesitaba que alguien le recordara cúal era su lugar en el mundo. Cerró los ojos, apagó la luz, y se durmió pensando en lo mucho que odiaba los martes.