S I N S E N T I D O S S I N C R I T E R I O

todo es mentira excepto lo que no queremos ver

.
Mostrando entradas con la etiqueta impotencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta impotencia. Mostrar todas las entradas

martes, septiembre 30, 2008

está abierto



- Pase, pase
- Buenas... ¿tienen felicidad verdadera?
- Uy no, ahora sólo vendemos transgénica
- Rediez...
- Así es la vida amigo


martes, agosto 19, 2008

frío

Demasiado apático para emitir un quejido. La mirada somnolienta apuntando muy a través de la pantalla, a un lugar tan lejano que está más allá del futuro, y en el que por tanto no hay nada. Así, lleno de nada, cuento los minutos como quien cuenta tonos de gris en el lúgubre cielo. Los únicos ruidos provienen de máquinas, y la ausencia de palabras es una losa que me aplasta el cerebro impidiéndome pensar. Hay nuevas corrientes pero viejas rutinas. Las jóvenes pescadillas pierden el ímpetu, cansadas de nadar engañadas hacia un remolino donde la única opción es hincar los dientes en su propia cola. Cada vez hay menos papeles en la mesa. No me interesa apuntar nada porque las pocas palabras que necesito caben en un suspiro. Pero aquí nadie suspira. Aquí la gente susurra en el auricular, separados por escasos metros, intentando averiguar por dónde vendrá el próximo movimiento, como viejos de un pueblo remoto sentados junto a la carretera. Aquí la gente se congrega alrededor de un teléfono para escuchar a uno a quien no le importan las cosas importantes. Aquí las ventanas no se abren, y el puto chorro de aire acondicionado perfora el ambiente con su soplido paralizador. Hace frío en el infierno. Hace un frío de cojones en el edificio inteligente. Pero no hay que desesperar, porque somos afortunados. Cuanto más inteligente es el edificio, más tontos son los afortunados que renuncian al calor, a los suspiros, al futuro y a las ventanas abiertas.

miércoles, junio 04, 2008

el nombre del hijo

El vetusto reloj pareció temblar por un momento antes de que el carrillón comenzara a enumerar con parsimonia las cinco de la tarde. El sol de junio caía en picado sobre la fachada, colándose a través de los agujeros de la persiana de madera y proyectándose enfrente, sobre la pared del salón, en forma de cientos de puntos de luz irregularmente distribuídos. Sentado en el sofá, el vecino sujetaba una copa de brandy con la mirada perdida más allá de la penumbra que le rodeaba. Estaba sólo. Su mujer llevaba una semana cuidando de un familiar muy mayor, y al viejo se le acumulaban las horas de la tarde entre recuerdos vidriosos, alcohol y tabaco cubano.

No entendía muy bien el motivo de tanta melancolía, pero estaba claro que su cabeza le quería jugar una mala pasada. Alguien de su experiencia, con cincuenta años de servicio en el KGB, supuestamente no podía tener este tipo de recaídas, debilidades de la memoria, y saberlo le hacía sentirse aún más recluído y quisquilloso. Ser consciente de su propia vulnerabilidad le molestaba sobremanera. ¿De qué valía plantearse ahora la validez de toda una vida dedicada a una idea? ¿De qué valía haber sacrificado el futuro, que era ya un presente irrevocable, por una lucha de dudosa legitimidad? ¿Por qué sentía que había dejado de cumplir su mayor objetivo como persona? Pensó en su mujer, calladamente aceptando una vida insuficiente por amor a él, y pensó en qué sucedería cuando ellos mismos necesitaran de alguien que agarrara su mano hasta el final: estarían sólos en el momento más triste. En el último tramo de la vida, el viejo se sentía incompleto y no podía hacer nada por remediarlo. Había un nombre impronunciable que sólo existía en su arrepentimiento.

Fue a beber pero en la copa ya no había suficiente para un trago. Se levantó y se acercó al armario para servirse, cuando sonó el timbre. "Bah", pensó mientras negaba con la cabeza cualquier posibilidad de molestarse en abrir. El timbre duplicó el intento, y entre negaciones cabizbajas el viejo se arregló la camiseta y salió al pasillo. Abrió la puerta sin enceder la luz del recibidor, para que el inoportuno visitante no se asustara de su aspecto, pero en el rellano no había nadie. Sacó la cabeza y miró a ambos lados, desierto. Extrañado, cerró y volvió al salón. Mientras cogía la botella echó un ojo por la rendija de la persiana, y observó una pareja de jóvenes saliendo del portal y cruzando la calle hacia abajo, cogidos de la mano. Los veía de espaldas, pero la chica le pareció muy bonita, y al otro granuja lo reconoció al instante. Algo de ese instinto paternal frustrado le encogió el pecho con una mezcla de pena y orgullo.

"Parece que no todo va mal al mismo tiempo", pensó mientras se regalaba un prolongado trago de brandy.

viernes, mayo 16, 2008

vocaciones en el mar

El otro día vino un señor americano a la oficina del capitán fonzollo, como nuevo responsable de gestionar el patético entramado de obsoletas aplicaciones informáticas que le toca sufrir cada día. El capitán no es un hacker pero ha visto algo de mundo, y sabe cuando un programa es una mierda. Hace ya algún tiempo que le viene explicando a la jerarquía lo que de verdad haría falta para que la cosa rule, pero los yanquis tienen esa extraña manera de darte la razón y al mismo tiempo no hacerte ni puto caso. Ahora resulta que aparece este colega y se pone a decir exactamente lo mismo. Vaya por dios. La diferencia es que si lo dice él, el rebaño escucha. Otra diferencia fundamental: lo que para este triunfador del mundo libre es un "reto", una "oportunidad de mejorar" y una muestra de nuestra "visión de negocio", para el capitán fonzollo es una vergonzosa declaración de mediocridad, una mamarrachada, una boñiga pinchada en un palo. La discrepancia es puramente vocacional, lo reconozco, y para bien o para mal uno no vale para esto. Señores, yo desisto, cualquier otra cosa estaré en mi mesa de 9 a 6. Paso de vuestro culo, si queréis arreglar algo empezad por pegaros un tiro (sorry).

Al salir por la tarde el capitán estaba algo melancólico y con aire ausente echó a andar calle abajo. Caminó un buen rato, y cuando llegó al puerto caminó un poco más, hasta aparecer en un lugar donde no había barcos ni playa, tan sólo rocas y olas. Se puso a observar el infinito con los ojos vidriosos, preguntándose dónde coño estaría su vocación. De algún modo notó cómo la oscura inmensidad del agua aliviaba el sentimiento de impotencia por estar desperdiciando su vida. "Y sin embargo mira el mar...". El mar crea su propio horizonte, por eso es inmune al tiempo y dueño de su destino. El mar es anchura, amplitud, y cada gota puede mirar al otro lado desde una perspectiva diferente. Las personas somos a menudo estrechas de miras, y vamos con la vista clavada en el suelo siguiendo una línea que alguien trazó previamente, alguien no necesariamente más listo, alguien que simplemente llegó antes. El horizonte guarda la llave que libera las ideas cautivas de nuestra mente obtusa y atrofiada, pero nosotros seguimos bajando la cabeza, buscando respuestas prefabricadas bajo nuestros pies, por miedo a que ya no estén allí si empezamos a caminar. Por miedo a necesitar de nosotros mismos para encontrar el camino que no duele.


miércoles, marzo 12, 2008

to wish impossible things

ayer llamé al que no se entera, para ver qué tal el fin de semana... el grupo de su vida tocaba cerca y él se había ido en peregrinación detrás de ellos, como un auténtico mártir del pop... lo escuché apagado, había tristeza en su voz entrecortada... "madrid fue fantástico por lo salvaje", me dijo, "lisboa por darme sombra y luz, amor, ideas, esperanza y un objetivo claro" "y barcelona..." -aquí fue donde se hizo el silencio y casi noté el sonido de sus lágrimas- "...todo lo que hice o me pasó en estos cinco días, él lo iba cantando a la noche siguiente: fantasía, deseo, impotencia, miedo, maravillosa locura, trozos de vida, de nuestra vida, de la vida de miles de personas... uno piensa lo fácil que debe ser hablar de las cosas sencillas que le pasan a todo el mundo, pero hay que ponerse... cuando he tenido dudas por lo que hice ayer él me canta la respuesta, porque somos como hormigas chocando constatemente unas con otras sin tiempo para reflexionar, y la que puede salirse del barullo y observar desde fuera lo ve todo tan claro que te desarma..."